He deseado tantas veces que
estés aquí, dentro d esta casa vacía. Nada parece igual desde tu partida. Me
abandonaste si previo aviso, ni siquiera hiciste maletas. No te llevaste nada,
fue cómo si no hubieras querido despedirte.
Los recuerdos me atan a una
vida pasada. Las pesadillas cortan mis sueños y me hacen pensar todo aquello
que ya no pude hacer contigo. Las mañanas parecen sin sentido, ya no tienen
importancia al ya no escuchar tus: buenos
días amor; el desayuno sabe
insípido y el jugo cada vez más amargo, como si las naranjas que le exprimiera
estuvieran inmaduras por falta de vida. Los hot
cakes ya no son dulces sino empalagosos, nada me parece bien, ni siquiera
el café que tanto disfrutábamos juntos. Ahora tomo el café soluble, sí, no
tiene sentido eso; yo que tanto renegué, y decía que sólo era colorante y no
sabían a nada, pero qué caso tiene tomar café de grano si no lo terminaré
saboreando en tu boca.
Me hubiera gustado un adiós o quizá un me voy porque ya no te quiero. Esta necedad mía de creer, que nos
acabaría aferrando, manteniéndonos a base de chantajes. Quizá si nos hubiéramos
separado nada de esto habría ocurrido. Tú aún me hablarías cada que por el
mercado nos encontráramos por casualidad. Con eso de que no sé que los martes
te gusta hacer pescado o comer algún marisco, me daría algunas vueltas por
aquel puesto que tanto odiaba visitar.
Tal vez de habernos separado
antes, nos habríamos extrañado de tal manera que nos hubiéramos dado cuenta que
no podíamos vivir uno sin el otro. Al final nos habríamos quedado de ver en
algún café para volver a platicar de cualquier otra cosa y terminar hablando de
cuanto nos extrañábamos, para dar paso a jugar con la mirada, las manos, ese
roce de mejilla o acariciar tu cabello y salir huyendo de aquel lugar. Y dar
paso a otro lugar más intimo, para que nuestros cuerpos se reencontraran e
hiciéramos el amor tan emotivamente que no pudiéramos olvidar detalle
alguno.
Puede ser que si nos
hubiéramos dado un tiempo tú aún estuvieras aquí, a mi lado. Porque ahora que
escuche las gotas cayendo sobre el vidrio de mi ventana, recordé aquella tarde
gris y lluviosa, en la que partiste; era una pelea más, discutíamos como
cualquier pareja, empezamos discutiendo porque no te ayudaba en la tarea del
hogar, y yo reclamaba que no tenías tiempo para nosotros. Esta vez las cosas se
salieron de control; los ánimos se calentaron, nos ofendimos y te herí de tal manera como solo
puede hacerlo alguien quien te conoce bien, a quien le has contado tus
secretos, temores, sueños. Yo agarre todo eso y lo estremecí en tu contra. Tal
fue el dolor que cause que salieras hecha un mar de lágrimas, llovía afuera
pero llovía más en tus ojos. Tanta agua
amarga acumulada en tu alma salió por aquellas nubes que tanto había admirado,
que tanto tiempo había contemplado. Sabía que me había propasado, esta vez no
medí mis comentarios.
Quise detenerte pronunciando
tu nombre, pero lo hice en voz muy baja, mientras te veía cruzar la puerta
llevándote el perdón contigo. Te observe por la ventana, abatida, con tu andar
perdido, desganado.
No tardo mucho tiempo en
llegarme noticias de ti; una hora con veintitrés minutos después de la última
vez que te vi. Mientras pensaba en el error que había cometido (era un gran
defecto; no acostumbraba decir groserías pero a cambio aprendí a decir las
verdades más hirientes) en lo mal que había hecho y en cómo iba a reparar el
daño. Sonó el teléfono, con incredulidad me obligué a pensar que eras tú,
preguntaron si te conocía y al afirmar me dieron la noticia de tu accidente. Si
existe alguna venganza de la vida, ésta, sin duda era una de ellas. Me
informaron en que hospital estabas, era el más cercano. Mi mundo se vino abajo,
“accidente automovilístico” las palabras retumbaron dentro de mi cabeza.
Mientras salía para allá no dejaba de pensar en alguna explicación, lo único
claro que encontraba es que tú querías
ir lejos.
Llegué al hospital y ahí me
fui enterando de la versión de lo que había ocurrido; habías subido a un taxi
no muy lejos del hospital un camión se había quedado sin frenos. El conductor
había tratado de frenar por el alto y el
taxi estaba esperando que se pusiera el siga, se dio cuenta que no frenaba y
entro en desesperación, al ponerse el siga un auto se adelanto, el conductor
del camión dio vuelta rápido al volante para esquivarlo y se volcó; cayó justo
encima del taxi, el conductor murió al instante, a ti pudieron sacarte con
vida.
Mientras te operaban en
terapia intensiva, yo esperaba en aquella sala ahora lo único que veía en mi
mente era cada uno de los momentos felices que habíamos compartido. Anhelaba
con todas mis fuerzas darte un beso, pedirte perdón.
Ese día mis plegarías no
fueron escuchadas. El doctor sólo pudo decir: hicimos lo que pudimos, lo
siento. Aún siento la culpa de tu
muerte. Sueño despierto en que tu estas aquí y cuando duermo tengo
pesadillas; sueño que discutimos, sales por la puerta y, por más que quiero
gritar y correr para que no te vayas siempre atraviesas esa puerta sin mirar
atrás.
No hay comentarios:
Publicar un comentario