miércoles, 6 de mayo de 2015

Escuché las gotas cayendo sobre el vidrio de mi ventana.

He deseado tantas veces que estés aquí, dentro d esta casa vacía. Nada parece igual desde tu partida. Me abandonaste si previo aviso, ni siquiera hiciste maletas. No te llevaste nada, fue cómo si no hubieras querido despedirte.

Los recuerdos me atan a una vida pasada. Las pesadillas cortan mis sueños y me hacen pensar todo aquello que ya no pude hacer contigo. Las mañanas parecen sin sentido, ya no tienen importancia al ya no escuchar tus: buenos días amor; el desayuno sabe insípido y el jugo cada vez más amargo, como si las naranjas que le exprimiera estuvieran inmaduras por falta de vida. Los hot cakes ya no son dulces sino empalagosos, nada me parece bien, ni siquiera el café que tanto disfrutábamos juntos. Ahora tomo el café soluble, sí, no tiene sentido eso; yo que tanto renegué, y decía que sólo era colorante y no sabían a nada, pero qué caso tiene tomar café de grano si no lo terminaré saboreando en tu boca.
Me hubiera gustado un adiós o quizá un me voy porque ya no te quiero. Esta necedad mía de creer, que nos acabaría aferrando, manteniéndonos a base de chantajes. Quizá si nos hubiéramos separado nada de esto habría ocurrido. Tú aún me hablarías cada que por el mercado nos encontráramos por casualidad. Con eso de que no sé que los martes te gusta hacer pescado o comer algún marisco, me daría algunas vueltas por aquel puesto que tanto odiaba visitar. 

Tal vez de habernos separado antes, nos habríamos extrañado de tal manera que nos hubiéramos dado cuenta que no podíamos vivir uno sin el otro. Al final nos habríamos quedado de ver en algún café para volver a platicar de cualquier otra cosa y terminar hablando de cuanto nos extrañábamos, para dar paso a jugar con la mirada, las manos, ese roce de mejilla o acariciar tu cabello y salir huyendo de aquel lugar. Y dar paso a otro lugar más intimo, para que nuestros cuerpos se reencontraran e hiciéramos el amor tan emotivamente que no pudiéramos olvidar detalle alguno. 
Puede ser que si nos hubiéramos dado un tiempo tú aún estuvieras aquí, a mi lado. Porque ahora que escuche las gotas cayendo sobre el vidrio de mi ventana, recordé aquella tarde gris y lluviosa, en la que partiste; era una pelea más, discutíamos como cualquier pareja, empezamos discutiendo porque no te ayudaba en la tarea del hogar, y yo reclamaba que no tenías tiempo para nosotros. Esta vez las cosas se salieron de control; los ánimos se calentaron, nos  ofendimos y te herí de tal manera como solo puede hacerlo alguien quien te conoce bien, a quien le has contado tus secretos, temores, sueños. Yo agarre todo eso y lo estremecí en tu contra. Tal fue el dolor que cause que salieras hecha un mar de lágrimas, llovía afuera pero llovía más en  tus ojos. Tanta agua amarga acumulada en tu alma salió por aquellas nubes que tanto había admirado, que tanto tiempo había contemplado. Sabía que me había propasado, esta vez no medí mis comentarios.
Quise detenerte pronunciando tu nombre, pero lo hice en voz muy baja, mientras te veía cruzar la puerta llevándote el perdón contigo. Te observe por la ventana, abatida, con tu andar perdido, desganado.

No tardo mucho tiempo en llegarme noticias de ti; una hora con veintitrés minutos después de la última vez que te vi. Mientras pensaba en el error que había cometido (era un gran defecto; no acostumbraba decir groserías pero a cambio aprendí a decir las verdades más hirientes) en lo mal que había hecho y en cómo iba a reparar el daño. Sonó el teléfono, con incredulidad me obligué a pensar que eras tú, preguntaron si te conocía y al afirmar me dieron la noticia de tu accidente. Si existe alguna venganza de la vida, ésta, sin duda era una de ellas. Me informaron en que hospital estabas, era el más cercano. Mi mundo se vino abajo, “accidente automovilístico” las palabras retumbaron dentro de mi cabeza. Mientras salía para allá no dejaba de pensar en alguna explicación, lo único claro que encontraba  es que tú querías ir lejos.

Llegué al hospital y ahí me fui enterando de la versión de lo que había ocurrido; habías subido a un taxi no muy lejos del hospital un camión se había quedado sin frenos. El conductor había tratado de frenar por el  alto y el taxi estaba esperando que se pusiera el siga, se dio cuenta que no frenaba y entro en desesperación, al ponerse el siga un auto se adelanto, el conductor del camión dio vuelta rápido al volante para esquivarlo y se volcó; cayó justo encima del taxi, el conductor murió al instante, a ti pudieron sacarte con vida.
Mientras te operaban en terapia intensiva, yo esperaba en aquella sala ahora lo único que veía en mi mente era cada uno de los momentos felices que habíamos compartido. Anhelaba con todas mis fuerzas darte un beso, pedirte perdón.

Ese día mis plegarías no fueron escuchadas. El doctor sólo pudo decir: hicimos lo que pudimos, lo siento. Aún siento la culpa de tu  muerte. Sueño despierto en que tu estas aquí y cuando duermo tengo pesadillas; sueño que discutimos, sales por la puerta y, por más que quiero gritar y correr para que no te vayas siempre atraviesas esa puerta sin mirar atrás.